Pronto dejará de hacer frío, pronto es menos tarde, pensó para sus adentros. Aquello tampoco le consolaba. Permanecía encerrado en su apartamento, como enclaustrado en el tiempo. Por más que quisiera, por más que lo intentase, no era capaz de escapar. Pasaron las horas, los días, los meses y allí seguía. Entre las cuatro paredes del destino. Aquella mañana el sol se encendía y se apagaba continuamente, como el flexo de su mesilla de noche. Se puso unos lentes oscuros para protegerse la vista y continuó pensando al ritmo de una melodía de piano. Pensó en todo aquello que le atormentaba: el paso del tiempo, el infinito, el destino, los sueños, la vida, el amor, el dolor, la pena... pensó en las horas, los días, los meses... pensó en la locura... y allí permanecía, clavado como una veleta en el tejado de sus pensamientos. Por la tarde, habiendo comido ya, alargó bien el brazo izquierdo -el derecho se le había dormido después del café- para abrir una ventana y creerse más libre. Observó el horizonte después de desprenderse de las lentes, recorriéndolo de este a oeste mientras una dulce brisa rozaba su rostro y su cuerpo desnudo peinándole el vello con grata delicadeza. Se le erizaba la piel. Esbozó una falsa sonrisa a la vez que cerraba la ventana con su brazo derecho ya despierto. Pronto dejará el sol de alumbrar, pronto es menos tarde, pensó para sus adentros. Llegada la noche, comenzó a sentir frío y decidió -sin pensar- que era el momento de vestirse. Caminó por el pasillo hasta el dormitorio, abrió el ropero: unos pantalones de pana, una camisa y un jersey le hicieron recordar a su abuelo. Se vistió con ellos en un suspiro enamorado. Se sentó en su silla favorita, de nuevo frente a la ventana. Observando el horizonte una vez más, a través de la oscuridad, entre las primeras estrellas dormidas. Encendió el flexo de la mesilla para recordar al sol y creerse un poco más libre. Pero tampoco se consoló esta vez. Allí seguía, entre las cuatro paredes del destino. Solo. Pensó en las horas, los días, los meses... pensó en su locura... y allí permaneció hasta caer dormido profundamente. Pronto se hará de día, pronto es menos tarde, pensó en sus sueños...
Mostrando entradas con la etiqueta destino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta destino. Mostrar todas las entradas
12 febrero 2008
08 febrero 2008
Ser o no ser
En efecto. El ser humano es impaciente pero también inconformista y testarudo. Es aquel que tropieza más de dos veces con la misma piedra y, en ocasiones, lo hace hasta con su misma sombra. Aquel que se alimenta de la esperanza luchando contra el destino y la incertidumbre. Esclavo de la tierra y del tiempo, el ser que no es ser, se detiene ante sus pasos observando como estos le adelantan apresurados. Es aquel que se afixia ante una realidad artificial, paseando a ciegas sobre una cuerda a ras de suelo y manteniendo el equilibrio con sus propios suspiros, ahogados por la obsesión de un camino verdadero. El ser que no es ser, es aquel que se percata de lo que poseía cuando lo ha perdido todo. Ese que se despista así mismo con sus pensamientos y llena de sueños su alma para luego rodearlos de bruma. El mismo que llora, grita, maldice y se apena pero ante todo, el ser que no es ser, es capaz de amar, también de emocionarse.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)